Lo primero que se me ocurrió cuando pensé en hacer un curso de árabe en el extranjero fue contárselo a mi hermana la filóloga (siempre me hace ilusión decir que tengo una hermana que estudió filología árabe). Mi hermana, conocedora de mis gustos y disgustos, lo sentenció rápidamente: en los países árabes en verano hay cucarachas.
Bien. Descarté los sitios en los que ella había hecho algún curso de árabe y pensé que igual en el resto no tenían esas cosas repelentes. A continuación, lo consulté por teléfono con mi madre, que también tuvo unos años en los que se puso a aprender árabe. Y probablemente desde el fondo del salón, en un claro ejemplo de conversación a tres bandas, mi padre respondió que lo mejor sería ir a Túnez: “tu hermana hizo un cursillo allí”.
Mi padre se acuerda del curso. Mi hermana de las cucarachas. Y yo estoy pensando cómo se dice matacucarachas en francés.
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Tranquila, si hay la suficiente cantidad, matarlas se le hace a uno algo insoportable solo durante las primeras semanas, luego te acostumbras, aunque en el fondo sigue siendo algo de lo más desagradable.
Además, las de raza aria son bastante sensibles a los gases tóxicos comunes en estos casos.
(ejem… no, no estoy hablando ni de la guerra ni de temas racistas)